El Americano
El Americano —¡En un cabriolé! —exclamó monsieur Nioche, y se quedó mirándola atónito, como si hubiese visto salir el sol a medianoche.
—¿Es usted el padre de la joven? —dijo Newman—. Creo que me ha dicho que habla usted inglés.
—Que hablo inglés… sà —dijo el anciano, frotándose pausadamente las manos—. Se lo llevaré en un cabriolé.
—Di algo, entonces —instó su hija—. Agradéceselo un poco… pero no demasiado.
—Un poco, hija mĂa, un poco —dijo monsieur Nioche, perplejo—. ÂżCuánto ha sido?
—¡Dos mil! —dijo mademoiselle Noémie—. No armes un escándalo o se echará atrás.
—¡Dos mil! —exclamó el anciano, y se puso a buscar a tientas su caja de rapé. Miró a Newman de la cabeza a los pies, después a su hija y por último al cuadro—. ¡Tenga cuidado, no vaya a estropearlo! —exclamó en un tono casi sublime.
—Debemos irnos a casa —dijo mademoiselle NoĂ©mie—. Ha sido un buen dĂa de trabajo. ¡Cuidado con cĂłmo lo llevas! —y empezĂł a guardar sus utensilios.
—¿Cómo se lo puedo agradecer? —preguntó monsieur Nioche—. Mi inglés no es suficiente.
—Ya quisiera yo hablar francés asà de bien —dijo Newman de buen talante—. Su hija es muy mañosa.