El Americano
El Americano —¡Ah, señor! —y monsieur Nioche miró por encima de sus lentes con ojos llorosos y asintió varias veces con aire de infinita tristeza—. ¡Ha tenido una educación… très supérieure! No se ha escatimado nada. Lecciones de pastel a diez francos cada una, lecciones de óleo a doce francos. En aquellos tiempos no contaba los francos. Es una artiste, ¿eh?
—¿Me está diciendo que ha sufrido usted un revés de fortuna? —preguntó Newman.
—¿Un revés? Oh, señor, desgracias… ¡terribles!
—Desafortunado en los negocios, ¿eh?
—Muy desafortunado, señor.
—Bueno, no tema, volverá a ponerse en pie —dijo animosamente Newman.
El anciano ladeó la cabeza y le miró con expresión de dolor, como si sus palabras hubiesen sido una burla cruel.
—¿Qué es lo que dice? —quiso saber mademoiselle Nioche.
Monsieur Nioche tomó un pellizco de rapé.
—Dice que recuperaré mi fortuna.
—Quizá él te ayude. ¿Y qué más?
—Dice que eres muy mañosa.
—Es muy posible que sÃ. ¿Tú lo crees asÃ, padre?