El Americano
El Americano —¿Creerlo, hija mÃa? ¡Con pruebas como ésta…! —y a modo de homenaje el anciano se volvió de nuevo hacia el osado borrón del caballete clavando en él una mirada de asombro.
—Pregúntale, entonces, si no le gustarÃa aprender francés.
—¿Aprender francés?
—Recibir lecciones.
—¿Lecciones, hija mÃa? ¿De ti?
—¡De ti!
—¿De mÃ, criatura? ¿Cómo habrÃa yo de dar lecciones?
—Pas de raisons! ¡Pregúntaselo ahora mismo! —dijo mademoiselle Noémie con suave concisión.
Monsieur Nioche se quedó estupefacto, pero la mirada de su hija le hizo recobrar el juicio y, esforzándose por esbozar una sonrisa agradable, cumplió sus órdenes.
—¿SerÃa de su agrado instruirse en nuestro hermoso idioma? —preguntó con voz trémula y suplicante.
—¿Estudiar francés? —preguntó Newman, mirándole fijamente.
Monsieur Nioche se apretó las puntas de los dedos y alzó lentamente los hombros.
—¡Un poco de conversación!