El Americano

El Americano

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—La señora Tristram le dijo la pura verdad —siguió él—; tengo grandes deseos de conocerla. No he venido hoy aquí simplemente a visitarla; he venido con la esperanza de que quizá usted me pida que vuelva.

—Oh, por favor, venga a menudo —dijo madame de Cintré.

—¿Pero estará usted en casa? —insistió Newman. Incluso ante sus propios ojos se veía un poco «avasallador», pero en realidad lo que estaba era un poco agitado.

—¡Eso espero! —dijo madame de Cintré.

Newman se puso en pie.

—Bueno, ya veremos —dijo, alisándose el sombrero con el puño de su abrigo.

—Hermano —dijo madame de Cintré—, invita al señor Newman a que vuelva.

El conde Valentin miró a nuestro héroe de la cabeza a los pies con su peculiar sonrisa, que parecía una desconcertante mezcla de descaro y cortesía.

—¿Es usted un hombre valiente? —preguntó, mirándole de reojo.

—Bueno, eso espero —dijo Newman.

—Eso sospecho. En tal caso, vuelva.

—¡Ah, vaya invitación! —murmuró madame de Cintré, con algo doloroso en la sonrisa.


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