El Americano
El Americano —Supongo que es un hombre al que se le puede hablar, ya que mi cuñada le recibe —respondió la dama—. Además, es verdad; ésas son mis ideas.
—Ah, las llamas ideas —murmuró el joven.
—La señora Tristram me dijo que habÃa estado usted en el ejército, en su guerra —dijo madame de Cintré.
—¡SÃ, pero eso no son negocios! —dijo Newman.
—¡Muy cierto! —dijo madame de Bellegarde—. En caso contrario, quizá yo no estarÃa sin blanca.
—¿Es verdad —preguntó Newman acto seguido— que es usted tan orgullosa? Ya lo habÃa oÃdo antes.
Madame de Cintré sonrió.
—¿Se lo parezco a usted?
—Ah —dijo Newman—, yo no soy un juez. Si es orgullosa conmigo, tendrá que decÃrmelo. Si no, no lo sabré.
Madame de Cintré empezó a reÃrse.
—¡Mala posición serÃa ésa para el orgullo! —dijo.
—En parte, lo serÃa —continuó Newman—, porque yo no querrÃa saberlo. Quiero que me trate usted bien.
Madame de Cintré, cuya risa habÃa cesado, le miró apartando un poco la cabeza, como si tuviese miedo de lo que le iba a decir Newman.