El Americano
El Americano —Me he dedicado a todo —dijo Newman—. En una época vendÃa cuero; en otra, fabricaba pilas de baño.
Madame de Bellegarde hizo un pequeño mohÃn.
—¿Cuero? No me gusta. Mejor pilas de baño. Prefiero el olor a jabón. Espero que al menos le hicieran ganar una fortuna —parloteó con el aire de una mujer con fama de decir todo lo que se le venÃa a la cabeza, y con un marcado acento francés.
Newman habÃa hablado con animada seriedad, pero el tono de madame de Bellegarde le hizo proseguir, tras una pausa reflexiva, con cierta jocosidad levemente adusta.
—No, perdà dinero con las pilas de baño, pero con el cuero salà bastante bien parado.
—He llegado a la conclusión —dijo madame de Bellegarde— de que, al fin y al cabo, lo importante es (¿cómo dice usted?) ajustar cuentas. Me postro ante el dinero, no lo niego. Si usted lo tiene, no hago preguntas. En ese sentido soy una auténtica demócrata… igual que usted, monsieur. Madame de Cintré es muy orgullosa, pero a mà me parece que se obtiene mucho más placer en esta triste vida si no se miran las cosas demasiado de cerca.
—Santo cielo, señora mÃa, vaya enfoque el tuyo —dijo el conde Valentin, bajando la voz.