El Americano

El Americano

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—¿Tiene usted muchos amigos en París; sale usted? —preguntó madame de Cintré, a quien por fin se le había ocurrido algo que decir.

—¿Se refiere usted a si bailo y cosas por el estilo?

—¿Va usted dans le monde, como decimos aquí?

—He visto a un montón de personas. La señora Tristram me ha paseado por ahí. Hago todo lo que me dice.

—¿No disfruta a solas de las diversiones?

—Sí, claro, de algunas. No me gusta bailar y ese tipo de cosas, soy demasiado viejo y sobrio. Pero quiero divertirme; para eso vine a Europa.

—Pero también se puede divertir en América.

—No podía; siempre estaba trabajando. Aunque, al fin y al cabo, ésa era mi diversión.

En ese instante madame de Bellegarde vino a por otra taza de té, acompañada del conde Valentin. Después de servirle, madame de Cintré reanudó su charla con Newman y, recordando las últimas palabras de éste, preguntó:

—¿Estaba usted muy ocupado en su país?

—Estaba metido en negocios. Llevo en los negocios desde que tenía quince años.

—Y ¿cuál era su negocio? —preguntó madame de Bellegarde, que, decididamente, no era tan bonita como madame de Cintré.


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