El Americano
El Americano —Lo que envidio es su libertad —observó monsieur de Bellegarde—, su amplio margen de movimientos, su libertad para ir y venir, que no tenga a un montón de gente que se toma a sà misma demasiado en serio esperando algo de usted. Yo vivo —añadió con un suspiro— bajo la mirada de mi admirable madre.
—Es culpa suya; ¿qué podrÃa impedir que vaya y venga? —dijo Newman.
—¡Su comentario es de una simpleza deliciosa! Todo me lo impide. Para empezar, estoy sin blanca.
—También yo estaba sin blanca cuando empecé a moverme por ahÃ.