El Americano

El Americano

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Habiendo expresado los preámbulos en su parte del fragmento del diálogo anterior, le hizo a nuestro héroe una larga visita; sentados, con los talones apoyados sobre el resplandeciente hogar de Newman, oyeron cómo las primeras horas de la madrugada iban sonando cada vez más largas desde un campanario lejano. Valentin de Bellegarde era siempre, según confesaba, un gran conversador, y en esta ocasión estaba a todas luces de un humor especialmente locuaz. Era una tradición de su raza el que la gente de su sangre siempre otorgase un favor con su sonrisa y, puesto que los entusiasmos de monsieur de Bellegarde eran tan escasos como constante su buena educación, tenía doble motivo para no sospechar que su amistad pudiese ser nunca inoportuna. Además, siendo como era la flor de un antiguo tallo, la tradición (ya que he usado esta palabra) carecía en su temperamento de una rigidez desagradable. Iba arropada en sociabilidad y cortesía, como una vieja viuda con encajes y collares de perlas. Valentin era lo que en Francia se llama un gentilhomme, de la más pura cepa, y su norma de vida, hasta donde estuviese clara, era desempeñar el papel de gentilhomme. Esto, a su juicio, bastaba para tener cómodamente ocupado a un joven de talentos buenos y corrientes. Pero todo lo que era obedecía al instinto y no a la teoría, y la gentileza de su carácter era tanta que algunas de las virtudes aristocráticas, que en algunos aspectos resultan más bien ariscas y cáusticas, adquirían cuando él las ponía en práctica una cordialidad extrema. En sus años mozos había sido sospechoso de tener gustos vulgares, y su madre había tenido pavor a que resbalase en el lodazal y salpicase el escudo de la familia. Le habían obsequiado, por tanto, con ración doble de estudios y adiestramiento, pero sus instructores no habían logrado encaramarle sobre unos zancos. No consiguieron estropear su sana espontaneidad, y siguió siendo el menos cauto y el más afortunado de los jóvenes nobles. Le habían atado tan corto en su juventud que ahora guardaba un mortal rencor a la disciplina familiar. Se le había oído decir, en el seno de la familia, que, con todo lo frívolo que era, el honor del apellido estaba más seguro en sus manos que en las de algunos de sus otros miembros, y que si algún día había que demostrarlo, ya lo verían. Su charla era una rara mezcla de locuacidad casi juvenil con la reserva y la discreción del hombre de mundo, y Newman le consideraba, como a menudo habría de considerar más adelante a los jóvenes de las razas latinas, a ratos graciosamente juvenil y a ratos terriblemente maduro. En América, reflexionó Newman, los mozos de veinticinco y treinta años tienen cabezas viejas y corazones jóvenes, o al menos una moral joven; aquí tienen cabezas jóvenes y corazones muy envejecidos, y una moral de lo más entrecana y arrugada.


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