El Americano
El Americano —He oÃdo a los filósofos afirmar —se rio monsieur de Bellegarde— que ningún hombre es pobre; pero su fórmula me parece todo un adelanto. En términos generales, lo confieso, no me gustan las personas de éxito, y los hombres inteligentes que han amasado grandes fortunas me resultan muy ofensivos. Me molestan; me ponen incómodo. Pero nada más verle me dije para mis adentros: «Ah, he aquà un hombre con quien me he de llevar bien. Tiene la afabilidad del éxito y nada de su morgue; carece de nuestra condenadamente irritable vanidad francesa». En resumen, le cobré afecto. Somos muy diferentes, de eso estoy seguro; no creo que haya ni un solo tema del que pensemos o sintamos lo mismo. Pero tiendo a pensar que nos llevaremos bien, porque, sabe usted, existe una cosa tal como ser demasiado diferentes para discutir.
—Oh, yo nunca discuto —dijo Newman.
—¿Nunca? A veces es un deber… o al menos un placer. ¡Ah, en mis tiempos tuve dos o tres discusiones deliciosas! —dijo monsieur de Bellegarde, y su apuesta sonrisa adquirió, mientras recordaba aquellos incidentes, una intensidad casi voluptuosa.