El Americano
El Americano —Hablando francamente —siguió monsieur de Bellegarde—, me resulta algo absurdo oÃrme haciéndole estas ofertas. Representan mucha buena voluntad, pero poco más. Usted es un hombre de éxito y yo soy un fracaso, y hablar como si le pudiese echar una mano es cambiar las tornas.
—¿En qué sentido es usted un fracaso? —preguntó Newman.
—¡Bueno, no soy un fracaso trágico! —exclamó el joven entre risas—. No me he caÃdo de las alturas, y mi fiasco no ha hecho ningún ruido. Usted, es evidente, ha tenido éxito. Ha hecho fortuna, ha construido un edificio, es usted un poder financiero y empresarial, puede viajar por todo el mundo hasta que encuentre un punto mullido y se tumbe en él con la conciencia de haberse ganado un descanso. ¿No es cierto? Bueno, imagÃnese el revés absoluto de todo eso y aquà me tiene. No he hecho nada, ¡no puedo hacer nada!
—¿Por qué no?
—Es una larga historia. Algún dÃa se la contaré. Mientras tanto, ¿a que tengo razón? ¿A que es usted una persona de éxito? ¿A que ha hecho fortuna? No es asunto mÃo, pero, en pocas palabras, ¿es usted rico?
—Ésa es otra cosa que suena ridÃcula —dijo Newman—. ¡Qué demonios, ningún hombre es rico!