El Americano
El Americano —Por el momento —dijo monsieur de Bellegarde con una sonrisa—, estoy haciendo preguntas, no respondiéndolas. ¿Ha venido a ParÃs por placer?
Newman guardó silencio durante un rato. Al fin, dijo:
—¡Todo el mundo me pregunta lo mismo! —dijo con su apacible morosidad—. Suena tremendamente absurdo.
—Pero, en todo caso, tendrÃa usted un motivo.
—¡Ah, vine por placer! —dijo Newman—. Aunque sea absurdo, es cierto.
—¿Y lo está disfrutando?
Como buen americano, a Newman le pareció que lo mejor serÃa no plegarse al extranjero.
—Bueno, más o menos —respondió.
Monsieur de Bellegarde dio en silencio otra calada a su cigarro.
—En cuanto a mà —dijo al fin—, estoy enteramente a su servicio. Todo lo que pueda hacer por usted, tendré mucho gusto en hacerlo. Llámeme cuando le venga bien. ¿Hay alguien a quien desee conocer, algo que quiera ver? SerÃa una pena que no disfrutase usted de ParÃs.
—¡Oh, sà que lo disfruto! —dijo Newman, de buen talante—. Le estoy muy agradecido.