El Americano

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—Me dijo mi hermana —continuó monsieur de Bellegarde— que debía venir a borrar la impresión que tantas molestias me tomé en causarle; la impresión de que soy un loco. ¿Le pareció que tuve un comportamiento muy extraño el otro día?

—Más bien sí —dijo Newman.

—Eso dice mi hermana —y monsieur de Bellegarde observó un momento a su anfitrión a través de las espirales de humo—. Si es así, mejor que lo dejemos correr. No intenté que usted creyese que soy un loco, en absoluto; por el contrario, quería causarle una impresión favorable. Pero si, después de todo, hice el ridículo, sería designio de la Providencia. Me perjudicaría a mí mismo si protestase en exceso, porque parecería que reivindico una cordura que, en el transcurso de nuestra relación, no podría justificar de ninguna manera. Considéreme un loco con períodos de cordura.

—Bueno, adivino que sabe usted lo que se trae entre manos —dijo Newman.

—Cuando estoy cuerdo, estoy muy cuerdo; eso lo admito —respondió monsieur de Bellegarde—. Pero no he venido aquí a hablar de mí. Quisiera hacerle unas cuantas preguntas. ¿Me permite?

—Deme un ejemplo —dijo Newman.

—¿Vive aquí completamente solo?

—Absolutamente. ¿Con quién habría de vivir?


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