El Americano
El Americano Todo esto fue pronunciado por monsieur de Bellegarde con la modulada desenvoltura del hombre de mundo, y, a pesar de su excelente inglés, del hombre francés; pero Newman, a la vez que tomaba nota de su armoniosa fluidez, percibió que no se trataba de mera urbanidad mecánica. Sin duda, algo había en su visitante que le gustaba. Monsieur de Bellegarde era un extranjero de la cabeza a los pies, y si Newman se hubiese topado con él en una pradera del Oeste le habría parecido adecuado dirigirse a él con un «¿Qué tal va todo, monsieur?». Pero había algo en su fisonomía que parecía tender una especie de puente sobre el insuperable abismo producido por la diferencia de razas[10]. Estaba por debajo de la altura media, y su cuerpo era robusto y ágil. Valentin de Bellegarde, se enteró Newman más adelante, tenía mortal pavor a que la robustez superase su agilidad; tenía miedo de volverse grueso; era demasiado bajito, como decía él, para permitirse una barriga. Cabalgaba, practicaba la esgrima y la gimnasia con infatigable celo, y si uno le saludaba con un «¡Qué buen aspecto tienes!» se estremecía y se ponía pálido. El «buen» lo interpretaba como una palabra más gruesa. Tenía una cabeza redonda que subía muy por encima de sus orejas, una mata de pelo a la vez densa y sedosa, la frente ancha y baja, la nariz corta (de tipo irónico e inquisitivo más que dogmático o susceptible) y un bigote tan delicado como el de un paje novelesco. Se parecía a su hermana no sólo en las facciones, sino también en la expresión de sus ojos claros y brillantes, carentes por completo de introspección, y en la manera de sonreír. El mejor rasgo de su rostro era que estaba intensamente vivo: vivo de un modo franco, ardoroso, valiente. Tenía el aspecto de una campana cuyo mango podría haber estado en el alma del joven: al menor movimiento del mango, repicaba con un fuerte sonido plateado. Había algo en sus intensos ojos castaños que aseguraba que no estaba haciendo economías con su conciencia; no vivía en una de sus esquinas con el fin de ahorrarse el mobiliario del resto. Había acampado de lleno en el centro, y tenía la puerta siempre abierta. Cuando sonreía, era como el movimiento de una persona que al vaciar una taza la pone boca abajo: le daba a uno hasta la última gota de su jovialidad. A Newman le inspiraba una bondad semejante a la que nuestro héroe solía sentir en sus años mozos hacia aquellos compañeros suyos que sabían realizar trucos raros y hábiles, los que chasqueaban las articulaciones en extraños lugares o silbaban con la parte trasera de la boca.