El Americano

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Monsieur de Bellegarde se le quedó mirando fijamente, con aspecto perplejo pero sin resentimiento. Puso la mano sobre la manga de Newman y pareció a punto de decir algo, pero de pronto se contuvo, se recostó en su silla y dio una calada a su cigarro. No obstante, al fin rompió el silencio:

—En efecto, venir a verle es un gesto de amistad. Aun así, en cierta medida estaba obligado a hacerlo. Mi hermana me pidió que viniese, y para mí un ruego de mi hermana es una orden. Me hallaba cerca, y observé que había luces en lo que supuse que eran sus habitaciones. No era una hora ceremoniosa para hacer una visita, pero no me arrepentía de hacer algo que demostrase que no estaba cumpliendo con una mera ceremonia.

—Bueno, pues aquí estoy, de cuerpo entero —dijo Newman estirando las piernas.

—No sé a qué se refiere —prosiguió el joven— con eso de darme permiso ilimitado para reírme. Es cierto que soy un gran reidor, y es mejor reírse demasiado que demasiado poco. Pero debo decirle que no es para reírnos juntos (o por separado) para lo que he querido conocerle. Dicho con una sinceridad casi insolente, ¡usted me interesa!


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