El Americano
El Americano —Está claro que aquà no puedo fumar —dijo monsieur de Bellegarde.
—¿Qué ocurre? ¿La habitación es demasiado pequeña?
—Es demasiado amplia. Es como fumar en un salón de baile o en una iglesia.
—¿De eso se reÃa usted ahora mismo? —preguntó Newman—; ¿del tamaño de mi habitación?
—No se trata sólo del tamaño —replicó el señor de Bellegarde—, sino del esplendor, y de la armonÃa, y de la belleza de los detalles. Era una sonrisa de admiración.
Newman le miró por un momento, y después preguntó:
—¿Asà que es muy fea?
—¿Fea, señor mÃo? Es magnÃfica.
—Viene a ser lo mismo, supongo —dijo Newman—. Póngase cómodo. Su visita, asà lo interpreto, es un gesto de amistad. No estaba usted obligado. Asà pues, si cualquier cosa de las que hay aquà le hace gracia, será para bien. RÃase tan alto como le plazca; me gusta que mis visitas estén alegres. Sólo he de pedirle esto: que me explique el chiste tan pronto como sea capaz de hablar. No quiero perderme nada.