El Americano

El Americano

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—Bueno, somos muy buenos amigos; somos un hermano y una hermana como no se conocen desde Orestes y Electra. Usted la ha visto; sabe cómo es: alta, delgada, liviana, imponente y afable, mitad grande dame y mitad ángel; una mezcla de orgullo y humildad, de águila y paloma. Se parece a una estatua que no está lograda en su condición de piedra y que, resignada ante sus grandes deficiencias, ha cobrado una vida de carne y hueso para llevar capas blancas y largas colas. Tan sólo puedo decir que realmente posee cada uno de los méritos que su rostro, su mirada, su sonrisa y el tono de su voz prometen; y eso ya es decir mucho. En general, cuando una mujer parece muy encantadora, yo diría: «¡Cuidado!». Pero en la misma proporción en que Claire parece encantadora, uno se puede cruzar de brazos y dejarse llevar por la corriente; no hay peligro. ¡Es tan buena! Nunca he visto a una mujer que sea ni la mitad de perfecta ni tan completa. Lo tiene todo; eso es lo único que puedo decir de ella. ¡Ya lo ve! —concluyó Bellegarde—. Le dije que hablaría con entusiasmo.

Newman guardó silencio unos instantes, como si estuviera dando vueltas a las palabras de su compañero.

—Es muy buena, ¿eh? —repitió al fin.

—¡Divinamente buena!

—¿Bondadosa, caritativa, dulce, generosa?

—¡La generosidad misma; la bondad elevada al cuadrado!


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