El Americano

El Americano

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—Por supuesto, no espero casarme con una mujer sólo con pedirlo —dijo al fin—; primero, espero llegar a merecer su aceptación. Para empezar, le tengo que gustar. Pero que yo no sea lo suficientemente bueno como para hacer la prueba es toda una sorpresa.

En la expresión de Bellegarde se entremezclaban perplejidad, simpatía y diversión.

—Entonces, ¿usted no dudaría en acercarse mañana a una duquesa para pedirle que se casase con usted?

—Si pensara que me conviene, no. Pero soy muy exigente; podría ser que no me conviniese en absoluto.

La diversión empezó a prevalecer en Bellegarde.

—¿Y se quedaría usted sorprendido si le rechazase?

Newman titubeó un instante.

—Suena fatuo decir que sí, pero, con todo, creo que así es. Porque le haría una oferta muy generosa.

—¿Cuál sería?

—Todo lo que ella deseara. Si consigo una mujer que esté a la altura de mis exigencias, nada me parecerá lo bastante bueno para ella. Llevo mirando mucho tiempo, y creo que las mujeres así son infrecuentes. Parece que es difícil reunir las cualidades que exijo, pero vencer la dificultad merece una recompensa. Mi esposa tendrá una buena posición, y no temo decir que habré de ser un buen marido.


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