El Americano
El Americano —Y esas cualidades que exige usted, ¿cuáles son?
—Bondad, belleza, inteligencia, una buena educación, elegancia personal… en una palabra, todo lo que adorna a una mujer espléndida.
—Y buena cuna, evidentemente —dijo Bellegarde.
—Ah, si la hay, inclúyala en el lote, sin duda. ¡Cuanto más, mejor!
—¿Y le parece que mi hermana tiene todas esas cosas?
—Es exactamente lo que he estado buscando. Es mi sueño hecho realidad.
—¿Y serÃa usted muy buen marido?
—Eso es lo que querÃa que usted le dijese.
Bellegarde puso por un momento la mano sobre el brazo de su amigo, le miró de arriba abajo con la cabeza ladeada y, a continuación, con una sonora risotada y sacudiendo la otra mano en el aire, se apartó. Volvió a cruzar la habitación, y de nuevo regresó y se apostó frente a Newman.