El Americano
El Americano —Todo esto es muy interesante… es muy curioso. En lo que acabo de decir no estaba hablando por mà mismo, sino por mis tradiciones, mis supersticiones. En cuanto a mÃ, a decir verdad, su propuesta me agrada. Al principio me sobresaltó, pero cuanto más lo pienso mejor me parece. Es inútil que intente explicarle nada; no me entenderÃa. Al fin y al cabo, no veo qué necesidad hay en ello; no se pierde gran cosa.
—¡Si queda algo por explicar, inténtelo! Quiero avanzar con los ojos abiertos. Haré todo lo que pueda por entender.
—No —dijo Bellegarde—, me resulta desagradable; renuncio. Me gustó usted la primera vez que le vi, y a eso me voy a atener. SerÃa detestable por mi parte que me pusiera a hablar con usted como si pudiese favorecerle. Le he dicho antes que le envidio; vous m’imposez, como decimos aquÃ. No le conocÃa demasiado hasta hace cinco minutos. Asà que dejaremos que las cosas fluyan, y no le diré nada que, si nuestras situaciones se intercambiasen, usted no me dirÃa.