El Americano
El Americano —Será algo más que divertido —dijo Bellegarde—; será estimulante. Yo lo miro desde mi punto de vista, y usted desde el suyo. ¡Al fin y al cabo, todo sea por un cambio! ¡Y pensar que tan sólo ayer estaba bostezando como para dislocarme la mandÃbula, y afirmando que no hay nada nuevo bajo el sol! O mucho me equivoco, o es toda una novedad verle entrar a usted en la familia como pretendiente. PermÃtame decirlo, querido amigo; no le daré ningún otro nombre, ni bueno ni malo; me limitaré a decir que es nuevo —y agotado por la sensación de novedad que se presagiaba, Valentin de Bellegarde se precipitó sobre una mullida butaca frente al fuego, y, con una intensa sonrisa inmóvil, parecÃa que estaba teniendo una visión de todo ello en la llama de los troncos. Al cabo de un rato alzó la mirada—. Adelante, amigo mÃo; le acompañan mis mejores deseos —continuó—. Pero es una verdadera lástima que no me entienda, que no sepa qué es exactamente lo que estoy haciendo.
—Ah —dijo Newman entre risas—, no haga nada malo. Mejor, déjeme a mis anchas o bien desafÃeme abiertamente. Jamás pondrÃa un peso sobre su conciencia.
Bellegarde volvió a levantarse de un salto; era obvio que estaba muy animado; el brillo de su mirada era aún más cálido que de costumbre.