El Americano
El Americano —Touchez-là , entonces —dijo Bellegarde, tendiéndole la mano—. Es un trato: le acepto; abrazo su causa. Se debe en gran medida a que le aprecio, pero no es ésta la única razón —y siguió sosteniendo la mano de Newman y mirándole al sesgo.
—¿Cuál es la otra?
—Formo parte de la oposición. Hay una persona que me desagrada.
—¿Su hermano? —preguntó Newman con su entonación plana.
Bellegarde se llevó el dedo a los labios y susurró: «¡Chitón!».
—¡Las viejas razas tienen extraños secretos! —dijo—. ¡Póngase en marcha, venga a ver a mi hermana y confÃe en que cuenta con mi simpatÃa!
Y tras esto se marchó.
Newman se dejó caer en una butaca frente a su chimenea, y se quedó un largo rato con la mirada perdida entre las llamas.