El Americano
El Americano Al día siguiente fue a ver a madame de Cintré, y el criado le informó de que se hallaba en casa. Como de costumbre, pasó por la gran escalera gélida y después por un amplio vestíbulo, cuyas paredes parecían todas ellas compuestas por pequeños cuarterones con un toque de dorado descolorido hacía tiempo; de ahí se le hizo pasar a la sala de estar donde ya había sido recibido. Estaba vacía, y el criado le dijo que madame la Comtesse saldría en seguida. Tuvo tiempo, mientras esperaba, de preguntarse si Bellegarde habría visto a su hermana desde la noche anterior, y si en tal caso le habría hablado de su conversación. De ser así, que le recibiese madame de Cintré era alentador. Sintió cierto azoramiento al pensar que quizá ella entrase con la expresión en los ojos de conocer su profunda admiración y el proyecto que sobre ella había erigido; pero la sensación no era desagradable. Su rostro era incapaz de exhibir nada que le quitase hermosura, y tenía de antemano la certeza de que, se tomase como se tomase la proposición que tenía en reserva, no se la tomaría con escarnio ni con ironía. Tenía la impresión de que, con que pudiese apenas leer en el fondo de su corazón y medir la magnitud de su buena voluntad hacia ella, sería absolutamente bondadosa.
