El Americano
El Americano Al fin entró, después de un lapso tan largo que Newman se preguntó si no habría estado dudando. Madame de Cintré le sonrió con su habitual franqueza y le tendió la mano; le miró a la cara con sus ojos suaves y luminosos, y dijo, sin el menor asomo de temblor en la voz, que se alegraba de verle y que esperaba que estuviese bien. Newman encontró en ella lo que ya había encontrado antes: aquel leve perfume de una timidez personal atenuada por el contacto con el mundo, pero tanto más perceptible cuanto más se acercaba uno a ella. Este persistente recato parecía darle un valor especial a lo que de inequívoco y confiado había en su conducta; hacía que pareciese un don, un bello talento, algo que cabría comparar con un exquisito toque de un pianista. Era, de hecho, la «autoridad» de madame de Cintré, como dicen de los artistas, lo que especialmente impresionaba y fascinaba a Newman; siempre volvía a sospechar que, cuando se completase tomando una esposa, era ésta la versión de sí mismo que le gustaría que su esposa le ofreciese al mundo. El único problema era, claro está, que al ser el instrumento tan perfecto se interponía demasiado entre uno mismo y el genio que lo utilizaba. Newman percibía en madame de Cintré una educación minuciosa, el paso por misteriosas ceremonias y procesos de cultura en su juventud, una hechura y una adaptación fruto de ciertas necesidades sociales sublimes. Todo esto, como ya he dicho, la hacían parecer rara y preciosa: un artículo muy caro, como habría dicho Newman, y cuya posesión sería sumamente agradable para un hombre con la ambición de rodearse de todo lo mejor. Pero contemplando la cuestión con vistas a la felicidad privada, Newman se preguntó dónde, en mezcla tan exquisita, trazaban naturaleza y arte su línea divisoria. ¿Dónde se separaba la intención especial del hábito de los buenos modales? ¿Dónde acababa la cortesía y empezaba la sinceridad? Newman se hizo estas preguntas aun cuando estaba dispuesto a aceptar el admirado objeto en toda su complejidad; pensaba que podía hacerlo con absoluta confianza y que ya examinaría después, sin prisas, su mecanismo.