El Americano
El Americano —Me alegro mucho de encontrarla a solas —dijo—. Ya sabe que hasta ahora no he tenido nunca tanta suerte.
—Pues parecÃa usted muy satisfecho con su suerte —dijo madame de Cintré—. Ha estado sentándose y observando a mis visitas con un aire de plácido disfrute. ¿Qué le han parecido?
—Bueno, las damas me han parecido muy elegantes y muy dignas, y asombrosamente agudas en las réplicas. Pero lo que más he pensado ha sido que no hacen sino ayudarme a admirarla a usted. —No era galanterÃa por parte de Newman, arte éste en el que no estaba en absoluto versado. Era, sencillamente, el instinto del hombre práctico que habÃa decidido lo que querÃa y estaba empezando ahora a dar pasos activos para obtenerlo.
Madame de Cintré dio un ligero respingo y arqueó las cejas; evidentemente, no se esperaba un cumplido tan fervoroso.
—Ah, en ese caso —dijo con una risa—, que me encuentre usted sola no me trae buena suerte. Espero que alguien entre pronto.
—Espero que no —dijo Newman—. Tengo algo especial que decirle. ¿Ha visto usted a su hermano?
—SÃ; le vi hace una hora.
—¿Le dijo que me vio anoche?
—Eso dijo.
—¿Y le contó de qué estuvimos hablando?