El Americano
El Americano Monsieur Nioche se volvió de nuevo hacia el confiado extranjero y se quedó frotándose las manos con un aire que hacía parecer que se declaraba culpable, y que no resultaba más intenso sólo porque habitualmente ya era muy llamativo. En ningún momento se le pasó por la cabeza a Newman pedirle una garantía de su destreza para instruir; daba por supuesto que monsieur Nioche conocía su propio idioma, y su suplicante desamparo respondía a la perfección a lo que el americano, por razones vagas, siempre había asociado con cualquier extranjero de cierta edad perteneciente a la clase que imparte lecciones. Newman nunca había reflexionado sobre procesos filológicos. Su principal impresión respecto a cómo precisar cuáles eran los misteriosos correlatos de sus conocidos vocablos ingleses que circulaban por aquella extraordinaria ciudad que era París era que se reducía a una mera cuestión de enorme esfuerzo muscular, inusitado y bastante ridículo, por su parte.
—¿Cómo aprendió el inglés? —preguntó al anciano.
—Cuando era joven, antes de mis desgracias. Ah, en aquella época yo era muy despierto. Mi padre era un gran commerçant; me colocó durante un año en un despacho en Inglaterra. ¡Algo se me pegó, pero se me ha olvidado!
—¿Cuánto francés puedo aprender en un mes?
—¿Qué dice? —preguntó mademoiselle Noémie.