El Americano
El Americano Monsieur Nioche se lo explicó.
—¡Llegará a hablar como un ángel! —exclamó su hija.
La integridad vernácula que vanidosamente se habÃa ejercido para garantizar la prosperidad comercial de monsieur Nioche volvió a encenderse.
—¡Bueno, monsieur! —respondió—. ¡Todo lo que le pueda enseñar! —y acto seguido, recuperándose ante una señal de su hija—: Iré a visitarle a su hotel.
—SÃ, me gustarÃa aprender francés —prosiguió Newman, con democrática confianza—. ¡Que me aspen, a mà nunca se me habrÃa ocurrido! Daba por sentado que era imposible. Pero si usted aprendió mi idioma, ¿por qué no iba yo a aprender el suyo? —y su risa franca y amistosa le quitó veneno a la broma—. Sólo que, sabe usted, si vamos a conversar se le tendrá que ocurrir algo alegre de lo que hablar.
—Es usted muy bueno, señor; ¡estoy abrumado! —dijo monsieur Nioche, extendiendo las manos—. ¡Pero si tiene usted alegrÃa y felicidad para los dos!
—Ah, no —dijo Newman con tono más serio—. Usted deberá mostrarse jovial y animado; es parte del trato.
Monsieur Nioche hizo una reverencia, con la mano sobre el corazón.
—Muy bien, señor; ya me ha animado usted.