El Americano
El Americano —ParÃs es muy buen sitio para la gente ociosa —dijo—, o es muy buen sitio si la familia de uno lleva mucho tiempo establecida aquà y uno conoce a gente y tiene cerca a sus allegados; o si se tiene una casa grande como ésta, y esposa e hijos y madre y hermana, y todas las comodidades. No me gusta eso de vivir todos juntos en habitaciones puerta con puerta. Pero no soy un holgazán. Intento serlo, pero no lo consigo; no va con mi carácter. Mis hábitos comerciales están demasiado arraigados. Además, no tengo ninguna casa que pueda llamar mÃa, ni nada en lo que a familia se refiere. Mis hermanas están a cinco mil millas de distancia, mi madre murió cuando yo era un muchacho y no tengo esposa; ¡ojalá la tuviera! Asà pues, ya ve, no sé claramente cómo ocupar el tiempo. No me gustan los libros como a usted, señor, y me canso de cenar fuera y de ir a la ópera. Echo de menos mi actividad empresarial. Y es que, ¿sabe?, empecé a ganarme la vida cuando casi era un bebé, y hasta hace pocos meses jamás habÃa dejado de estar manos a la obra. El ocio elegante llega con dificultad.
Este discurso fue seguido de unos instantes de profundo silencio por parte de los anfitriones de Newman. Valentin se quedó mirándole firmemente con las manos en los bolsillos, y después, despacio, casi deslizándose, salió de la habitación. El marqués siguió poniéndose los guantes con una sonrisa benigna.