El Americano
El Americano —¿Empezó a ganarse la vida cuando no era más que un bebé? —dijo el marqués.
—Poco más: un niño.
—Dice usted que no le gustan los libros —dijo monsieur de Bellegarde—; pero debe ser justo consigo mismo y recordar que sus estudios se interrumpieron a una edad temprana.
—Eso es cierto; en mi décimo cumpleaños dejé de ir a la escuela. Me pareció un modo magnÃfico de celebrarlo. Pero posteriormente fui adquiriendo información —dijo Newman con tono tranquilizador.
—¿Tiene usted hermanas? —preguntó la anciana madame de Bellegarde.
—SÃ, dos hermanas. ¡Unas mujeres espléndidas!
—Espero que las penalidades de la vida no empezaran tan temprano para ellas.
—Se casaron muy pronto, si a eso le llama usted penalidad, como hacen las muchachas en nuestras tierras del Oeste. Una de ellas está casada con el propietario de la mayor casa comercial de caucho del Oeste.
—Ah, ¿también construyen casas de caucho? —preguntó el marqués.
—Se pueden estirar a medida que va aumentando la familia —dijo la joven madame de Bellegarde, que se estaba arrebujando con un largo chal blanco.