El Americano

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Newman se permitió un estallido de alborozo, y explicó que la casa donde vivía su cuñado era una gran estructura de madera, pero que fabricaba y vendía caucho a una escala colosal.

—Mis hijos tienen unos zapatos de caucho que se ponen cuando van a jugar a las Tullerías y el tiempo está húmedo —dijo la joven marquesa—. Me pregunto si los habrá hecho su cuñado.

—Posiblemente sí —dijo Newman—; en ese caso, puede usted estar segura de que están bien hechos.

—Bueno, no debe usted desanimarse —dijo monsieur de Bellegarde, vagamente cortés.

—Oh, no es mi intención. Tengo un proyecto que me da mucho que pensar, y eso es una ocupación —y tras esto Newman se quedó callado un momento, dudando y aun así pensando a toda prisa; quería dejar claras sus intenciones, y sin embargo esto le obligaba a expresarse de un modo que le era desagradable. No obstante continuó, dirigiéndose a la anciana madame de Bellegarde—: Les contaré mi proyecto; quizá puedan ustedes ayudarme. Quiero casarme.

—Es un proyecto muy bueno, pero no soy ninguna alcahueta —dijo la vieja dama.

Newman la miró un instante, y después, con absoluta sinceridad, afirmó:

—Habría pensado que sí lo era.


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