El Americano
El Americano Al parecer, madame de Bellegarde le consideró demasiado sincero. Murmuró ásperamente algo en francés y clavó los ojos en su hijo. En ese preciso instante la puerta de la habitación se abrió de par en par, y con paso rápido apareció de nuevo Valentin.
—Tengo un mensaje para ti —le dijo a su cuñada—. Claire me dice que te pida que aún no salgas para el baile. Irá con vosotros.
—¡Claire viene con nosotros! —exclamó la joven marquesa—. Et voilà , du nouveau!
—Ha cambiado de parecer; lo decidió hace media hora, ¡y se está enganchando el último diamante en el pelo! —dijo Valentin.
—¿Qué habrá poseÃdo a mi hija? —preguntó madame de Bellegarde severamente—. En estos tres últimos años no ha salido al mundo. ¿Da un paso asà media hora antes y sin consultármelo?
—Me lo ha consultado a mÃ, querida madre, hace cinco minutos —dijo Valentin—, y le he dicho que una mujer tan hermosa (porque reconocerás que es hermosa) no tiene ningún derecho a enterrarse en vida.
—DeberÃas haber remitido a Claire a su madre, hermano mÃo —dijo monsieur de Bellegarde en francés—. Esto es muy raro.