El Americano
El Americano —¡La remito a toda la compañÃa! ¡Aquà viene! —dijo Valentin, y, acercándose a la puerta abierta, se reunió con madame de Cintré en el umbral, la cogió de la mano y la condujo a la habitación. Iba de blanco, pero en torno a los hombros, abrochada con un pasador de plata, llevaba una larga capa azul que le colgaba casi hasta los pies. No obstante, se la habÃa echado hacia atrás, dejando al descubierto sus largos brazos blancos. Una docena de diamantes rutilaba en su denso cabello castaño. TenÃa aspecto serio y, pensó Newman, estaba bastante pálida, pero miró a todos y al verle sonrió y le tendió la mano. A Newman se le antojó tremendamente hermosa. Tuvo oportunidad de mirarla abiertamente a la cara, pues se detuvo un momento en el centro de la habitación, dudando a todas luces qué hacer y sin cruzar la mirada con la de Newman. Después se encaminó hacia su madre, que, sentada en su mullida butaca frente al fuego, la miraba casi con fiereza. De espaldas a los demás, madame de Cintré se retiró la capa para mostrar su vestido.
—¿Qué te parezco? —preguntó.