El Americano

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—Me pareces una descarada —dijo la marquesa—. Hace apenas tres días, cuando te pedí, como un favor especial, que fueses a ver a la duquesa de Lusignan, me dijiste que no ibas a ningún sitio y que tenías que ser coherente. ¿Es ésta tu coherencia? ¿Por qué habrías de distinguir a madame Robineau? ¿A quién deseas complacer esta noche?

—Deseo complacerme a mí misma, madre —dijo madame de Cintré, inclinándose y besando a la anciana.

—No me gustan las sorpresas, hermana —dijo Urbain de Bellegarde—; sobre todo cuando uno está a punto de entrar en un salón.

En esta coyuntura, Newman se sintió inspirado y habló.

—¡Ah, si entra en una habitación con madame de Cintré, no debe temer que se fijen en usted!

Monsieur de Bellegarde se volvió hacia su hermana con una sonrisa demasiado intensa para ser natural.



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