El Americano

El Americano

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—Espero que aprecies un cumplido que se te concede a costa de tu hermano —dijo—. Venga, venga usted aquí, madame —y ofreciéndole el brazo a madame de Cintré, la sacó deprisa de la habitación. Valentin le hizo el mismo servicio a la joven madame de Bellegarde, que, aunque aparentemente había estado meditando sobre el hecho de que el vestido de baile de su cuñada era mucho menos radiante que el suyo, no había conseguido derivar de su reflexión un consuelo absoluto. Con una sonrisa de despedida, buscó el complemento a su consuelo en los ojos del visitante americano, y no es improbable que, al percibir en ellos cierto destello misterioso, se hiciese la ilusión de haberlo encontrado.

Newman, una vez a solas con madame de Bellegarde, siguió ante ella en silencio unos minutos.

—Su hija es muy hermosa —dijo al fin.

—Es muy rara —dijo madame de Bellegarde.

—Me alegra oír eso —replicó Newman, sonriendo—. Me da esperanzas.

—¿Esperanzas de qué?

—De que habrá de consentir, algún día, en casarse conmigo.

La vieja dama se puso en pie lentamente.

—Así pues, ¿realmente es ése su proyecto?

—Sí; ¿lo apoyará usted?


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