El Americano

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—¿Apoyarlo? —madame de Bellegarde le miró un momento y acto seguido sacudió la cabeza—. ¡No! —dijo con voz queda.

—Entonces, ¿lo soportará? ¿Dejará que siga adelante?

—No sabe usted lo que está pidiendo. Soy una anciana muy orgullosa y muy entrometida.

—Bueno, yo soy muy rico —dijo Newman.

Madame de Bellegarde dirigió la vista al suelo, y a Newman le pareció probable que estuviese sopesando las razones para sentirse agraviada por la brutalidad de este comentario. Pero al fin, alzando la vista, se limitó a decir:

—¿Cómo de rico?

Newman expresó sus ingresos con una cifra redonda que tenía el magnífico sonido que adquieren las grandes sumas de dólares cuando se traducen a francos. Añadió unas cuantas consideraciones de carácter financiero, que completaban una exposición suficientemente atractiva de sus recursos.

Madame de Bellegarde escuchó en silencio.

—Es usted muy sincero —dijo al cabo—. También yo he de serlo. En términos generales, preferiré apoyarle a soportarle. Me será más fácil.

—Sean cuales sean los términos, le quedo agradecido —dijo Newman—. Pero, por ahora, ya me ha soportado bastante. ¡Buenas noches! —dijo, y se despidió.


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