El Americano
El Americano —París es un sitio muy bueno para gastarse una fortuna. Le deseo un gran disfrute de la suya —y con esto, monsieur de Bellegarde sacó los guantes y empezó a ponérselos.
Newman estuvo observando unos instantes cómo deslizaba sus blancas manos dentro de la cabritilla blanca, y, mientras, sus sentimientos tomaron un curioso sesgo. Los buenos deseos de monsieur de Bellegarde parecían descender de la blanca extensión de su sublime serenidad con el suave movimiento disperso de una ducha de copos de nieve. Pero Newman no se molestó; no tenía la sensación de que le estuviese tratando con condescendencia; no era consciente de sentir ningún impulso especial de introducir discordia en tan noble armonía. Sólo que de pronto sintió que estaba en contacto personal con las fuerzas a las que su amigo Valentin le había dicho que tendría que oponerse, y se hizo sensible a su intensidad. Deseaba hacer algunas manifestaciones a modo de réplica, estirarse cuan largo era, tocar una nota del último extremo de su propia escala. Hay que añadir que, si bien no era un impulso feroz ni malicioso, en absoluto estaba desprovisto de expectativas humorísticas. Tan dispuesto estaba Newman a darle juego a esa sonrisa suya tan expedita, en el caso de que sus anfitriones se escandalizasen, como lejos de planear escandalizarlos intencionadamente.