El Americano

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—Ah, fui a Suiza… a Ginebra, Zermatt, Zurich y sitios así, ya sabe; bajé a Venecia, recorrí Alemania, bajé por el Rin y fui a Holanda y a Bélgica… el circuito habitual. ¿Cómo se dice eso en francés, el circuito habitual? —le preguntó Newman a Valentin.

Mademoiselle Nioche fijó los ojos un instante sobre Bellegarde, y después, con una sonrisita, dijo:

—No entiendo nada, monsieur, cuando dice tantas cosas a la vez. ¿Sería usted tan amable de traducir?

—Preferiría decirle cosas de mi propia cosecha —declaró Valentin.

—No —dijo gravemente Newman, todavía con su mal francés—, no debe hablar con mademoiselle Nioche, porque dice usted cosas desalentadoras. Debería usted decirle que trabaje, que persevere.

—¡Y que a nosotros los franceses, mademoiselle —dijo Valentin—, se nos tache de falsos aduladores!

—No quiero halagos, sólo quiero la verdad. Pero conozco la verdad.

—Lo único que digo es que sospecho que hay cosas que sabe hacer mejor que pintar —dijo Valentin.

—Conozco la verdad… conozco la verdad —repitió mademoiselle Noémie. Y, mojando el pincel en un grumo de pintura roja, cruzó su pintura inacabada con un gran borrón horizontal.

—¿Qué es eso? —preguntó Newman.


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