El Americano
El Americano La joven se puso a mirar de nuevo los vestidos de las dos espléndidas damas, punto éste sobre el cual, puesto que ya he aventurado una conjetura, pienso que bien puedo aventurar otra. Mientras miraba a las damas estaba viendo a Valentin de Bellegarde. En cualquier caso, él a ella la veÃa. Dejó el tosco lienzo embadurnado y le hizo un pequeño chasquido con la lengua a Newman, a la vez que arqueaba las cejas.
—¿Dónde se ha metido todos estos meses? —le preguntó mademoiselle Noémie a nuestro héroe—. ¿Hizo aquellos magnÃficos viajes, se lo pasó bien?
—SÃ, sà —dijo Newman—. Me lo pasé muy bien.
—Me alegro mucho —dijo mademoiselle Noémie con suma gentileza, y empezó a chapotear de nuevo con los colores. Era especialmente bonita, con ese aspecto de seria simpatÃa que se le ponÃa en el rostro.
Valentin se aprovechó de que tenÃa la mirada baja para volver a telegrafiar a su compañero. Reanudó su misterioso juego fisonómico, al tiempo que sacudÃa los dedos en el aire con un rápido movimiento trémulo. Era obvio que mademoiselle Noémie le estaba pareciendo extremadamente interesante; los malos humores se habÃan disipado, dejando libre el terreno.
—Cuénteme algo sobre sus viajes —murmuró la joven.