El Americano

El Americano

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—¡No tengo otro sitio adonde ir! Aquí al menos hacía fresco durante el verano.

—Entonces, ya que estaba aquí —dijo Newman—, podría haber intentado algo.

—Ya le dije —respondió ella suavemente— que no sé pintar.

—Pero si tiene usted ahora algo encantador en el caballete —dijo Valentin—; si me dejase verlo…

Mademoiselle Noémie, abriendo los dedos, cubrió con ambas manos el reverso del lienzo; aquellas manos que Newman había llamado bonitas y que Valentin, a pesar de las manchas de pintura, podía admirar ahora.

—Mi pintura no tiene el menor encanto —dijo ella.

—Será entonces lo único en usted que no lo tenga, mademoiselle —dijo galantemente Valentin.

Ella cogió su pequeño lienzo y se lo dio en silencio. Valentin lo miró, y acto seguido dijo ella:

—Seguro que es usted un juez.

—Sí —respondió—, lo soy.

—Entonces sabrá que es muy malo.

—¡Mon Dieu —dijo Valentin, encogiéndose de hombros—, distingamos!

—Usted sabe bien que yo no debería intentar pintar —siguió ella.

—En fin, para ser sinceros, mademoiselle, creo que no debería.


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