El Americano
El Americano —He venido a propósito para verla —dijo Newman con su mal francés, ofreciéndole la mano. Y a continuación, como buen americano, presentó formalmente a Valentin—: PermÃtame presentarle al conde Valentin de Bellegarde.
Valentin hizo una reverencia que a mademoiselle Noémie debió de parecerle que armonizaba con lo imponente de su tÃtulo, pero la grácil brevedad de su propia respuesta no hizo ninguna concesión a la vulgar sorpresa. Se volvió hacia Newman, llevándose las manos al cabello para alisar su delicado encrespamiento. Entonces, apresuradamente, le dio la vuelta al lienzo que estaba sobre su caballete.
—¿No se ha olvidado de m� —preguntó.
—Nunca la olvidaré —dijo Newman—. Puede estar segura de ello.
—Oh, hay un montón de maneras distintas de recordar a una persona —y miró de frente a Valentin de Bellegarde, que la observaba como hace un caballero cuando se espera de él un «veredicto».
—¿Ha pintado algo para m� —dijo Newman—. ¿Ha sido usted hacendosa?
—No, no he hecho nada.
Y, cogiendo la paleta, empezó a mezclar los colores al albur.
—Pues su padre me dice que ha venido aquà constantemente.