El Americano
El Americano Newman se dejó impulsar mansamente por la misma dirección que había estado siguiendo, pero su paso no era rápido. Le daba vueltas a algo en la cabeza. Los dos hombres entraron en la larga galería de los maestros italianos, y Newman, tras una breve ojeada a su magnífica vista, se desvió para entrar en el apartado menor dedicado a esta escuela, a la izquierda. Había muy pocas personas, pero en el extremo opuesto estaba sentada mademoiselle Nioche ante su caballete. No estaba trabajando; había dejado a un lado su paleta y sus pinceles y, con las manos cruzadas sobre el regazo, estaba reclinada en su silla mirando atentamente a dos damas que estaban al otro lado de la sala y que, de espaldas a ella, se habían detenido ante uno de los cuadros. Estas mujeres eran, evidentemente, personas de mucho estilo; vestían con esplendor, y sus largas colas y volantes de seda se desplegaban sobre el suelo pulido. Lo que miraba mademoiselle Noémie eran sus vestidos, si bien no sabría yo decir en qué estaba pensando. Aventuro la suposición de que se estaba diciendo que poder arrastrar una cola así por un suelo pulido era una felicidad digna de cualquier precio. Sus reflexiones, en todo caso, fueron interrumpidas por la llegada de Newman y su acompañante. Les echó un rápido vistazo, y después, sonrojándose un poco, se levantó y se puso de pie ante su caballete.