El Americano
El Americano —Habré ganado un recuerdo delicioso —dijo Valentin—. ¿Se marcha? ¿Ha terminado su jornada?
—Mi padre viene a buscarme —dijo mademoiselle Noémie.
Apenas habÃa terminado de hablar cuando, por la puerta que estaba tras ella y que se abre sobre una de las grandes escalinatas de piedra blanca del Louvre, apareció monsieur Nioche. Entró, como de costumbre, arrastrando los pies pacientemente, y les hizo un profundo ademán de saludo a los dos caballeros que estaban de pie ante el caballete de su hija. Newman le estrechó la mano con musculosa cordialidad, y Valentin le devolvió el saludo con extrema deferencia. Mientras el anciano esperaba a que Noémie empaquetase sus utensilios, dejó que su mirada dócil y evasiva revolotease hacia Bellegarde, que estaba observando cómo mademoiselle Noémie se ponÃa el sombrero y la capa. Valentin no se esforzaba por disimular su examen. Miraba a una muchacha bonita como habrÃa escuchado una pieza musical. La atención, en ambos casos, era una mera cuestión de buenos modales. Al fin, monsieur Nioche cogió la caja de pinturas de su hija con una mano, y con la otra, tras una solemne mirada de perplejidad, al lienzo emborronado, mostró el camino hacia la puerta. Mademoiselle Noémie les hizo a los jóvenes el saludo de una duquesa y siguió a su padre.
—Bueno —dijo Newman—, ¿qué le parece?