El Americano
El Americano —Es muy sorprendente. Diable, diable, diable! —repitió con tono reflexivo monsieur de Bellegarde—; es muy sorprendente.
—Me temo que es una pequeña y triste aventurera —dijo Newman.
—Pequeña, no: una gran aventurera. Tiene el material.
Y Valentin empezó a alejarse despacio, mirando vagamente los cuadros de las paredes con un brillo pensativo en los ojos. Nada podrÃa haberle sido más atractivo a su imaginación que las posibles aventuras de una joven dotada con el «material» de mademoiselle Nioche.
—Es muy interesante —siguió—. Es un hermoso ejemplar.
—¿Un hermoso ejemplar? ¿A qué diablos se refiere? —preguntó Newman.
—Quiero decir, desde el punto de vista artÃstico. Es una artista… al margen de su pintura, que evidentemente es execrable.
—Pero no es hermosa. A mà ni siquiera me parece muy bonita.
—Es lo bastante bonita para sus propósitos, y tiene un rostro y una figura que lo delatan todo. Si fuese más bonita serÃa menos inteligente, y su inteligencia constituye la mitad de su encanto.