El Americano
El Americano —No se está entrometiendo. La chica no significa nada para mÃ. De hecho, más bien me desagrada. Pero me gusta su pobre y anciano padre, y por él le ruego que se abstenga de cualquier intento de verificar sus teorÃas.
—¿Por ese anciano caballero andrajoso que ha venido a recogerla? —preguntó Valentin, parándose de golpe. Y, al asentir Newman, prosiguió con una sonrisa—: Ah, no, no. Está usted muy equivocado, mi querido amigo; no debe preocuparse por él.
—Creo sinceramente que está usted acusando al pobre caballero de ser capaz de regocijarse por la deshonra de su hija.
—Voyons! —dijo Valentin—; ¿quién es él? ¿Qué es?
—Es lo que parece: más pobre que las ratas, pero con un tono superior.
—Exactamente. Le he reconocido perfectamente; no dude de que le hago justicia. Ha sufrido desgracias, des malheurs, como decimos aquÃ. Está muy desanimado, y no puede con su hija. Es la imagen de la respetabilidad, y lleva a las espaldas sesenta años de honradez. De todo esto me doy perfecta cuenta. Pero conozco a mi prójimo y a mi prójimo parisino, y haré un trato con usted.
Newman prestó oÃdos al trato y Valentin siguió.