El Americano
El Americano A pesar de esta ingrata hipótesis, que no debe entenderse sino como un ejemplo del caprichoso juego del «humor americano», Newman hizo todo lo que pudo por mantener un estilo de comunicación fluido y amistoso con monsieur de Bellegarde. Mientras tuviese que tratar con la gente, le desagradaba en extremo tener que perdonar nada a nadie, y era capaz de hacer un gran e insospechado esfuerzo con la imaginación (en aras de su propia comodidad personal) para asumir de momento que eran buenos tipos. Hacía todo lo posible por tratar al marqués como tal; además, sinceramente pensaba que, en buena lógica, no podía ser el condenado necio que parecía ser. La familiaridad de Newman nunca era inoportuna; su conciencia de la igualdad humana no era un gusto agresivo ni una teoría estética, sino algo tan natural y orgánico como un apetito físico que nunca ha sido sometido a un parco racionamiento y que, en consecuencia, no incurre en una avidez desgarbada. Es probable que su tranquila falta de recelo ante la relatividad de su propio lugar en la escala social le resultase irritante a monsieur de Bellegarde, que se veía reflejado en la mente de su cuñado potencial de una forma tosca y descolorida, desagradablemente distinta a la grandiosa imagen que se proyectaba sobre su propio espejo intelectual. Jamás se olvidaba de sí mismo un solo instante, y respondía a lo que le debían de parecer las «insinuaciones» de Newman con una cortesía mecánica. Newman, que siempre se estaba olvidando de sí mismo y se permitía irresponsables indagaciones y conjeturas sin límite, de cuando en cuando se veía enfrentado a la deliberada sonrisa irónica de su anfitrión. Por qué demonios se sonreía monsieur de Bellegarde le resultaba imposible de adivinar. Cabe suponer que la sonrisa de monsieur de Bellegarde fuera, para él mismo, un compromiso entre numerosas emociones. Siempre y cuando sonriese sería cortés, y lo bueno era ser cortés. Asimismo, una sonrisa no le comprometía a nada más que a la cortesía, y dejaba el grado de cortesía convenientemente vago. También, una sonrisa no era ni disidencia —una cosa demasiado seria— ni conformidad. Y además una sonrisa cubría su propia dignidad personal, que en esta situación crítica estaba resuelto a mantener inmaculada; ya había bastante con que la gloria de su casa se fuese a eclipsar. Todos sus modales parecían afirmar que entre él y Newman no podía haber ningún intercambio de opiniones; estaba conteniendo el aliento para no inhalar el aroma de la democracia. Newman distaba mucho de estar versado en política europea, pero le gustaba tener una idea general de lo que ocurría a su alrededor y, por ello, le preguntó a monsieur de Bellegarde en varias ocasiones qué opinaba de asuntos públicos. Monsieur de Bellegarde le contestó con una engolada concisión que tenía la peor opinión posible, que iban de mal en peor y que la época estaba podrida hasta la médula. A Newman esto le suscitó, por el momento, un sentimiento casi benévolo hacia el marqués; compadecía a un hombre para quien el mundo era un lugar tan sombrío, y la siguiente vez que vio a monsieur de Bellegarde intentó hacerle reparar en algunos de los magníficos rasgos de la época. El marqués respondió al punto que tenía una sola convicción política, con la que le bastaba: creía en el derecho divino de Enrique de Borbón, Quinto de su nombre, al trono de Francia[21]. Newman se le quedó mirando fijamente, y en lo sucesivo dejó de hablar de política con monsieur de Bellegarde. No estaba horrorizado ni escandalizado, ni siquiera le hacía gracia; se sentía como se habría sentido de haber descubierto en monsieur de Bellegarde un gusto por ciertas extravagancias dietéticas; un apetito, por ejemplo, de espinas de pescado o cáscaras de nuez. En tales circunstancias, por supuesto, jamás le habría mencionado cuestiones dietéticas.