El Americano
El Americano Una tarde, al ir a visitar a madame de Cintré, el criado le rogó a Newman que esperase unos instantes porque su anfitriona no se hallaba libre. Estuvo paseándose un rato por la habitación, cogiendo sus libros, oliendo sus flores y mirando sus grabados y fotografÃas (que le parecieron prodigiosamente bonitas), hasta que oyó que se abrÃa una puerta a sus espaldas. Quieta en el umbral estaba una anciana con quien recordaba haberse encontrado varias veces al entrar y salir de la casa. Era alta y tiesa, vestÃa de negro y llevaba una cofia que, de haber estado Newman iniciado en este tipo de misterios, habrÃa bastado para asegurarle de que no era una mujer francesa; una cofia de pura factura británica. TenÃa un rostro pálido, decente y con aspecto deprimido, y una clara y mortecina mirada inglesa. Miró a Newman un instante, a la vez con empeño y timidez, y a continuación le hizo una breve y tiesa reverencia inglesa.
—Madame de Cintré le ruega que sea tan amable de esperar —dijo—. Acaba de llegar; pronto habrá terminado de vestirse.
—Ah, esperaré todo lo que me pida —dijo Newman—. DÃgale por favor que no tenga prisa.