El Americano

El Americano

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—Gracias, señor —dijo suavemente la mujer; y después, en vez de retirarse con el mensaje, entró en la habitación. Miró en torno a sí por un momento, y acto seguido se acercó a la mesa y empezó a colocar unos cuantos libros y chismes. A Newman le impresionó la suma respetabilidad de su apariencia; temía dirigirse a ella como a un sirviente. Estuvo un rato ocupada en poner la mesa en orden y alisar las cortinas, mientras Newman caminaba despacio de un lado a otro. Al fin, al pasar ante el espejo, la vio reflejada y percibió que tenía las manos desocupadas y que aun así le estaba mirando con empeño. Era evidente que quería decir algo, y Newman, al notarlo, la ayudó a empezar.

—¿Es usted inglesa? —preguntó.

—Sí, señor, con su permiso —respondió rápida y suavemente—; nací en Wiltshire.

—¿Y qué le parece París?

—Oh, París no me parece nada, señor —dijo en el mismo tono—. Llevo tanto tiempo aquí…

—Ah, ¿lleva aquí mucho tiempo?

—Son ya más de cuarenta años, señor. Vine con lady Emmeline.

—¿Se refiere a la vieja madame de Bellegarde?

—Sí, señor. Vine con ella cuando se casó. Era la dama de compañía de mi señora.

—¿Y lleva con ella desde entonces?


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