El Americano
El Americano —Llevo en la casa desde entonces. Mi señora ha cogido a una persona más joven. Ya ve usted que soy muy vieja. Ahora no hago nada fijo. Pero aquà sigo.
—Parece muy fuerte y saludable —dijo Newman, observando lo erguido de su figura y cierto venerable sonrojo en su mejilla.
—Gracias a Dios no estoy enferma, señor; conozco mi deber lo bastante bien, espero, como para ir resollando y tosiendo por la casa. Pero soy una anciana, señor, y en calidad de anciana es como me atrevo a hablarle.
—Venga, hable —dijo Newman con curiosidad—. No tiene por qué temerme.
—SÃ, señor. Creo que es usted bueno. Le he visto antes.
—¿En las escaleras, quiere decir?
—SÃ, señor. Cuando ha venido a ver a la condesa. Me he tomado la libertad de reparar en que viene a menudo.
—SÃ, vengo muy a menudo —dijo Newman, riéndose—. No habrá necesitado estar muy despierta para reparar en eso.