El Americano

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—He reparado en ello con placer, señor —dijo la anciana doncella con tono grave, y se quedó mirando a Newman con una expresión extraña. El viejo instinto de deferencia y humildad estaba ahí; el hábito de la decente modestia y el conocimiento del «lugar propio». Pero se mezclaba con él cierta audacia templada, fruto de la ocasión y, probablemente, de una percepción de la accesibilidad sin precedentes de Newman; y, más allá de todo esto, una vaga indiferencia respecto a las viejas formalidades, como si la dama de compañía de milady al fin hubiese empezado a reflexionar que, puesto que milady había cogido a otra persona, ella misma era una propiedad sobre la que tenía un leve derecho de reversión.

—¿Se interesa usted mucho por la familia? —dijo Newman.

—Me intereso mucho, señor. Sobre todo por la condesa.

—Eso me alegra —dijo Newman. Y a continuación añadió, sonriendo—: ¡Yo también!

—Eso suponía, señor. No podemos evitar percatarnos de estas cosas y formarnos nuestras propias opiniones, ¿no es así, señor?

—¿Se refiere usted a sus opiniones como criada? —dijo Newman.


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