El Americano

El Americano

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—Ah, ahí está, señor. Me temo que cuando dejo que mis pensamientos se inmiscuyan en esas cuestiones dejo de ser una criada. Pero es que le tengo devoción a la condesa; si fuese mi propia hija no podría quererla más. Por eso soy tan atrevida, señor. Dicen que se quiere usted casar con ella.

Newman observó a su interlocutora y se convenció de que no era una cotilla sino una fanática; parecía ansiosa, suplicante, discreta.

—Es completamente cierto —dijo—. Quiero casarme con madame de Cintré.

—¿Y llevársela a América?

—La llevaré allá donde ella quiera ir.

—¡Cuanto más lejos, mejor, señor! —exclamó la anciana con súbita vehemencia. Pero se contuvo y, cogiendo un pisapapeles de mosaico, empezó a pulirlo con su delantal negro—. No es que esté hablando mal de la casa ni de la familia, señor. Pero pienso que un gran cambio le haría bien a la pobre condesa. Aquí es todo muy triste.

—Sí, no es muy animado —dijo Newman—. Pero madame de Cintré sí que es alegre.

—Ella es todo lo que es bueno. No le molestará a usted saber que hacía mucho tiempo que no estaba tan alegre como en los últimos meses.


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